Dos cuentos de Cristian Bernachea (Argentina)

El Chacal de Villa Crespo

 

Ella apareció a unos veinte metros, dentro de la oficina de grandes ventanas. Me encantaba esa sonrisa que tenía porque se le formaban las primeras arrugas a los lados de sus ojos cuando los cerraba, esos dientes perfectos y sus labios me llenaban la cabeza de fantasías de todo tipo. Cada vez me parecía más hermosa. Así era Lucila.

Me coloqué los tapones protectores de nuevo, porque la máquina que usaba me lastimaba con cada golpe los oídos. Aun así seguí contemplando su cuerpo hasta que no pude mas y me fui al baño. Me llovieron los silbidos de mis compañeros y alguna joda que no contesté. Códigos que teníamos ahí.

Llegué al baño y al notar que estaba vacío me metí en uno de los tres lugares con inodoro y trabé la puerta con una mano. Llamar antes de entrar no era habitual en la fábrica. Entonces ahí mismo, con los ruidos de las máquinas y con ella en mi mente, me masturbé incomodo. Fue extraño, aunque efectivo.

Me quedé en silencio, mi transpiración era helada y respiraba agitado, tenía miedo o una sensación de preocupación, o capaz ansiedad. No sé cómo explicarlo. Me dolía el pecho y la vista se me nubló por las lágrimas.

Soy un monstruo, pensé.

La puerta principal de metal se abrió de un golpe y llamaron para que salga. Alcancé a decir :

Ya va.

El encargado de la limpieza se fue y aproveché para limpiarme y salir. El agua con la que me lavé salía caliente y no me refrescaba en lo absoluto. Mi cara estaba tan roja como mis ojos. Cuando escuché que volvía me escapé para no cruzarlo. Aunque me estaba esperando alguien en el pasillo.

Lucila …

Cuando me vio se acercó rápido, casi corriendo. Estábamos los dos solos, temblé como nunca, me abrazó y me llenó de besos. Sus primeras palabras fueron dulces, pero las sentí amargas, me dolieron como si cayera aún más en el infierno que atravesaba:

Feliz cumple papá, te quiero mucho.

Gracias hija, ¿cómo estás?

Bien. Con mucho trabajo, encima Micaela anoche estaba con fiebre y con Jorge no dormimos casi nada. Hoy tenía prueba, pero no la llevamos a la escuela.

Pobrecita mi nietita, estos cambios del tiempo le hacen mal a los chicos. Mírame a mí, ya tengo cincuenta y la semana pasada casi falto por la gripe, eso es por el clima que cambia a cada rato.

Pá, vamos a la tarde. Si Mica está mejor pasamos a tomar unos mates. Avisale a mamá que la llamo antes. Así te damos los tres tu regalo. Lo eligió la nena.

Que amor. Bueno vamos porque ya el jefe debe estar buscándonos.

Tenía que irme, no podía hablarle después de lo que acababa de hacer.

Todo empezó con un sueño: era una mañana de verano, mi mujer había salido a ver a mi suegra y estaba solo con ella, que en ese momento cocinaba. Hablábamos a los gritos y nos reíamos mucho. Yo estaba viendo el TC desde el living. Entonces fui a la cocina a servirme un vaso de jugo de esos asquerosos de sobre y, desde la puerta entreabierta, la contemplé por primera vez en su real naturaleza. Tenía puesto unos shorts muy cortos que resaltaban la figura de toda una mujer, esas piernas suaves y esa cola que me dejó enamorado. También una musculosa en la que podía verle el corpiño, por lo abierta que era. Su cuello delicado transpiraba, por eso se había atado el pelo con un rodete. No dejé de verla desde ahí, absorto y continué un largo rato paralizado por completo sin que ella notara mi presencia. Lamí mi boca en busca de un hilo de saliva que había escapado.

Comenzaba a sentirme con ganas de tomarla de la espalda y besarla por todo su frágil cuerpo, desnudarla con violencia, recorrer con mi lengua cada centímetro de su piel, comerle sus delicados pechos, que ni siquiera estaban desarrollados y sentir que rompía su himen con mi virilidad. Iba a sentirme dentro de ella haciéndola mujer y al ser su primer hombre sería mía para siempre, mantendríamos nuestros encuentros en secreto, como amantes.

¿Por qué no? —pensé— después de todo soy su padre y tengo que enseñarle —tragué saliva y casi tosí— . Si … Ella es mía —ante tal revelación sonreí.

Muy despacio me fui acercando y no tardó en sentir mi respiración en su nuca.

¿Papá qué haces? —dijo riéndose.

Su dulce voz llena de inocencia me perturbó de tal manera que bajó la erección que tenía.

Me sentí enfermo pero no podía dar marcha atrás, era ahora o nunca, pero … ¿cómo?

Mirá papi, estoy haciendo una torta para mamá, ¿me ayudás?

Sí mi amor —contesté, con una risa que delataba que había encontrado la respuesta.

Me relamí los labios otra vez y me pasé la mano por la boca varias veces. Mi corazón latió con tal fuerza que hasta podía escucharlo.

Entonces, cuando puse mis enormes manos en su cintura, ella se dio vuelta de forma brusca y gritó :

¿Qué querés hacerme, hijo de puta? ¿Me ibas a violar, enfermo de mierda? —y me empujó contra la pared.

El pecho me ardía tanto que me doblé del dolor. Ella lloraba y vi un cuchillo en sus manos manchado de sangre. Bajé la mirada y el enorme corte que me había hecho me dejaba ver gusanos devorándome vivo. Yo estaba rodeado de moscas. Grité.

En medio de una laguna de transpiración me desperté, temblaba y estaba llorando.

Miré la hora, eran las tres de de madrugada. De más está decir que no pude volver a dormir. El tormento de imaginarme a mi hija entre mis brazos aunque fuera sólo por una noche no era suficiente para calmar mi miedo al castigo que podía llegar a recibir luego. Además, amaba a Lucila.

Entonces me volví evangelista, gracias a mi compañero de trabajo Félix. Me contó de que el demonio me hacía eso y tenía que entregarme a Dios. Lo hice, porque era una tortura sentir que no era como los demás padres y me llenaba de angustia terminar de masturbarme pensando en la nena, satisfaciendo mis mas bajos instintos para después jugar con ella, la mayoría de las veces, ante la extraña mirada de mi señora. ¿Acaso sabía o sospechaba algo? Nunca lo supe.

Pero la vida es sabia y siempre te da una segunda oportunidad. Félix me decía eso, “Sergio, Dios siempre da una segunda oportunidad”.

Lucila llegó con Jorge y Mica, como acordamos en el pasillo de la empresa por la mañana. Mi mujer había hecho unas tortas fritas y un bizcochuelo por mi cumpleaños. Entonces mi nieta me dijo:

Abu, empecé danza.

¡Que lindo!

Mostrale al abuelo cómo bailas reggaetón —dijo Lucila.

Cuando la música comenzó y Mica me mostró como era el baile que había aprendido sentí algo que no imaginé nunca. Duró una fracción de segundo, aunque la sensación continuó. La comencé a ver mejor y la nena era hermosa. Entonces Lucila me despertó.

Pa , ¿mañana podes ir a buscarla al cole y cuidarla hasta las siete? Mamá me va a acompañar al médico. Y no quiero llevarla, todavía está enferma y se puede agarrar algo peor.

Si, no te hagas ningún problema, la vamos a pasar muy bien los dos. ¿No, Mica?

¡Sí! —contestó ella.

La vida siempre te da una segunda oportunidad. Y esta vez no la pienso desaprovechar.

 

 

El horrible olor de papá

el horrible olor de papa

 

Juego con mis muñecas mirando de a ratos un brillo anaranjado en la ventana y no sé de dónde viene, porque afuera es de noche. Papá entra por la puerta del fondo pateando una barbie y diciendo malas palabras; más temprano se peleó con mamá y los gritos no me dejaron dormir la siesta. Se lava las manos en el lavaplatos y se sienta en la mesa de la cocina. No me ve que estoy con él. Sube el volumen del televisor y cambia los canales rápido.

De golpe lo apaga de nuevo tirando el control remoto y sale al patio otra vez.  Siempre que pelean él le pega a mi mamá. Pero no puedo ayudarla, porque papá se enoja mucho y rompe las cosas.

Vuelve. No tardó mucho.  Ahora sí me ve y sonríe.

Hola mi amor. Dormiste un montón.

Tengo hambre papá.

¿Querés comer unas galletitas? Volvemos y te hago la leche en tu tacita del jardín.

¿Adónde vamos papi?

Me alza hasta la cama grande, su remera tiene un olor asqueroso, y está toda sucia. Saca del armario la mochila de campamento de mamá y mete ropa apurado.

Afuera gritan, trato de escuchar, pero no entiendo qué dicen. Golpean la puerta y las ventanas desde la calle y los vidrios estallan por los cascotes que tiran. Grito y bajo llorando a abrazarlo.

¡Dios! No voy a dejar que nadie te toque. ¿Escuchaste? —me grita.

¿Y mamá? Yo quiero ir con mamá.

Está asustado él también:

Ahora viene mi amor. Vamos a lo de la abuela —transpira mucho, mira para todos lados y sigue metiendo cosas en otro bolso.

¡No! ¡Yo quiero ir con mamá!

Me levanta y salimos por atrás, la puerta de adelante se parte y entran gritando un montón de personas que tienen palos. Lo veo al tío, es mi tío con los vecinos.

Papá me tapa los ojos apoyando mi cara a su hombro y corre al patio del fondo. Siento ese olor fuerte y le vomito la remera.

Oí un golpe y papá grita tan fuerte que me hace doler los oídos; nos caemos al piso y me doblo la pierna. Me cuesta levantarme. A él le pegan entre varios.

Entonces la veo, ella está ahí atada al árbol. Mi mamita se está quemando, tiene fuego en el cuerpo. No me escucha.  La llamo pero no me escucha,mamá, mamita. No sé sí soy yo a alguien más está gritando conmigo, no entiendo nada, mamita, mamita.

Vienen a abrazarme. Es la abuela.

Papá grita pero no veo lo que le están haciendo, pero ese brillo que vi antes en la ventana vuelve y sale desde donde está él. Un olor fuerte me marea. Un olor a quemado.

Ya no lo escucho gritar a papá.

 


 

ACERCA DEL AUTOR

Cristian Bernachea

Cristian Bernachea

Nació en Buenos Aires en agosto de 1987. A los ocho años comenzó con sus primeros cuentos con los que llegó al año 2000 con una antología. En el 2017 se animó a publicar en un sitio web de contenido explícito, que nada tenía en relación a la literatura, sino con el gore. Por el buen recibimiento que tuvo y al terminar de desaparecer dicho sitio web, decidió participar en algunos concursos y enviar material a revistas desde enero. Ha sido publicado en revistas como El Narratorio, De Amor, Locura y Muerte y Bar Literario.

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