Dos poemas de Pedro Mieles (Ecuador)

Padre

Soy hijo de herrero

y en casa si hay cuchillo de hierro.

Mi padre trabajó tanto

que sus rodillas ya son torpes

y sus manos ahora son lentas.

 

A veces retrocedo

a cuando era más pequeño

y el de repente me abrazaba

o me levantaba en sus hombros

y yo podía tocar el cielo.

Claro,

los primeros años.

 

Ahora lo veo y pienso

cómo sería si yo tuviera que cargarlo

y una lagrima corre por mi mejilla.

 

Mi padre el obrero,

amante de la economía

y de Marx.

Tan socialista,

aun me suena a capital.

duerme en una cama de trescientos dólares,

tallada por un artesano.

 

Luego cierro los ojos nuevamente

y me veo jugando un momento con él,

y veo su sonrisa de ojera a ojera,

de párpado a párpado,

con aquellas patas de gallo

que se marcan por felicidad

y que ahora,

solo son estragos

de una vieja vida,

que no volverá.

 

Probablemente si supiese

que tu cuerpo tuviste que dar

y que tu vida se empeñó

para que mi vida fuese mejor,

optar por no bajar del supuesto paraíso

del que todos hablan.

 

Nacidos del campo

donde reina la paz,

los árboles,

los animales del bosque,

donde los abuelos aún sonríen.

 

Ahora solo están tú y mamá,

en la casa de risas,

donde ahora habitan ambos,

solitarios,

taciturnos,

casi inmóviles por el pasar del tiempo,

resignados quizás al olvido.

 

Y yo,

en otro lugar,

alejado,

en otra ciudad,

comiéndome las uñas,

porque a veces,

es lo que hay.

 

O fumando un cigarrillo,

porque la modorra se vuelve suicida.

 

Padre,

es muy seguro

que cuando mañana recuerdes

que estabas orgulloso de vivir

y seguramente sonrías nuevamente

de oreja a oreja,

de parpado a parpado.

 

Pero en este momento

creo que solo esperas el pasar del tiempo,

cuando en los sesenta y cinco

puedas volver a tus campos elíseos,

donde los animales fueron tus amigos,

donde pudiste hallar,

la paz que buscabas.

 

 

 

Mientras tanto

El mundo se cae a pedazos

y a nadie le importa.

 

El amor se contagia de odio

mientras los que odia aman

y los que aman destruyen.

 

Demasiado bueno,

demasiado malo,

demasiado intermedio.

 

Ninguna persona estará satisfecha.

 

Aún en las mejores etapas,

dentro de ellos,

los problemas cotidianos

agarran su alma

y la estrujan a tal punto

que ya nadie cree en nadie.

 

El mundo se cae a pedazos

pero nadie hace nada.

 

Ciertas veces,

cuando veo pasar a las personas

creo comprender

que es lo que les aprisiona el corazón,

pero luego pierdo aquella razón

y veo palabras que se corroen.

 

Muy pobres,

no tan pobres,

muy adinerados,

no tan adinerados.

 

La chica de la alta clase

busca al de la baja clase

porque no ofrece dinero en sí

y más bien da todo su corazón.

 

El hombre por su parte

quizás solo busque un cuerpo

en el cual refugiarse

de vez en cuando.

 

El mundo se cae a pedazos,

pero mamá aún tiene esperanzas.

 

En la guerra todo se vale,

excepto el amor,

porque es el arma más poderosa.

 

El comandante pide

lanzar misiles

pero el cabo dice:

-Basta, ¡No!

Un día después,

                es fusilado.

 

Los años pasan

y papá y mamá

aún se aman,

aun cuando los hijos se van

y no vuelven.

 

Aún cuando papá engañó a mamá

y mamá se quedó quieta

a la luz de la ventana

viéndolo llegar.

 

Aun cuando mamá

se ahorcó en la ducha

en la cual se amaron,

y papá se volvió loco

esperando su retorno imposible.

 

El mundo se cae a pedazos

y de cualquier forma todos miran a otro lado.

 

Mientras las familias

son separadas por emigrar a otros lugares

en busca de mejores días,

asesinados en la frontera

porque su piel no es tan blanca

como la piel falsa blanca

de los indios mestizos

que ahora se hacen llamar americanos,

que vinieron de Europa y asesinaron

a todas nuestras mujeres e hijos

que asesinaron a todos los nativos americanos

dejándoles solo con pedazo de tierra

y con los pocos dioses

convertidos en estrellas

para guiarlos todas las noches

hasta el ahora.

 

Que siguen asesinando

después que engañaron a

Atahualpa

Tupac Yupanqui,

ofreciéndoles amor y respeto,

y ellos fielmente entregando

oro y confianza.

 

Mientras la guerra se hacia

a espalda de ellos

y las vírgenes eran profanadas

por ladrones,

que llevaban enfermedades desconocidas

en su sangre,

infectando a cada ser vivo,

a cada planta,

a cada bosque,

talando sus árboles

sin respetar tan siquiera

la vida que habitaba en ella…

 

Han pasado centenarios

y aún se creen libertadores

del odio,

del infierno,

de la falsedad,

con sus falsos dioses.

 

La naturaleza siempre será nuestro primer Dios.

 

El mundo se cae a pedazos,

pero nadie se da cuenta…

 


 

SOBRE EL AUTOR

 

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Pedro Mieles

Pseudo escritor guayaquileño de 22 años. Se considera a sí mismo poeta. Actualmente reside en Estados Unidos, lleva dos años escribiendo de la mano de sus pensamientos y sus influencias van desde la generación de los poetas malditos hasta la generación decapitada.

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