DOS CUENTOS DE JOSÉ PÉREZ (MÉXICO)

DEJADO EN VISTO

 

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Hace algunas semanas recibí una notificación de amistad confirmada por LuckyVex. De acuerdo a su perfil, LuckyVex pasa de los 25 años, no consume productos cárnicos, no cree en dios, se licenció en comunicación y ama el cine de Kubrick, las caricaturas de Trino y tomarse selfies en cualquier escenario o condición. No conozco a LuckyVex.

Que un extraño se añada a tus redes sociales o tú mismo decidas agregarte a la red de alguien del que no sabes nada es habitual en estos días; vivimos entre desconocidos, extraños que buscan algo en los otros extraños para poder llamarlos amigos y cauterizar un poco las soledades. Pero yo no agregué a LuckyVex, yo no esperaba que me aceptara.

Ahora, valerse de los conocidos de algún amigo es una forma de integrarse; amigos de mis amigos es un concepto tan simple que no creo que haga falta explicárselo a nadie. Este no era el caso. Compartíamos el fanatismo por Kubrick, sí, pero yo no he declarado tal preferencia en ninguna parte (por otro lado, ¿a quién no le gusta Kubrick, en plan legítimo, o simplemente por pose?). Compartíamos la misma ciudad, apenas.

Esto pudo solo robarme los 15 minutos que dedicaba a mirar somnoliento la pantalla de mi celular con una taza de café en la mano, ser un evento agregado al reino de las trivialidades: el cambio de un billete de cien en monedas de diez, un hilo blanco adherido a una camisa negra, algo un poco fuera de lugar, pero no tanto. Entonces LuckyVex escribió en mi muro.

La notificación creó en mí la sensación de ser descubierto en infraganti, denunciado por algún acto terrible o al menos, vergonzoso. Quise deducir que bien podía tratarse de una cuenta falsa, una computadora obligada a venderme alguna clase de milagro. Tales cuentas son ya muy raras, pero siguen existiendo. Fui a leer el mensaje listo para borrar y bloquear.

El mensaje decía:

Profunda y bellísima conversación la que tuvimos ayer, me hiciste sentir mariposas y es por eso que te dedico la primer selfie de la mañana, con admiración y muchos besitos.

LuckyVex se había tomado una foto en picada, en ropa interior. La imagen no carecía de gusto. Sus seguidores se arracimaron por decenas. De entre la pléyade de nombres y comentarios sobre LuckyVex, proposiciones de matrimonio y mediciones sobre lo poco que yo podría merecer aquello, el nombre de mi pareja me hundió las tripas hasta la cadera. Mi expareja.

Reproducir aquí la discusión, los gritos y los pleitos, sería lastimero. Dentro de la tormenta de comentarios, declaraciones de guerra e indirectas sobre lo que se supone que había hecho, atiné a enviar un mensaje al perfil cuya huella se había convertido en un cráter lunar en mi vida. Quería respuestas. De algún modo las tuve.

—Hola.

—No me hables a esta hora, espera a la noche.

—¿Qué diferencia tiene? No nos conocemos.

—jajaja, tú y tus ocurrencias. Skype, a la misma hora.

No volvió a contestarme. Ni siquiera tenía una cuenta de Skype. Mi vida en línea siempre había sido aburrida, plana. Nunca quise compartir cosas de mi propia vida, ni de lo que pienso. No hay grandes razones detrás. Puede que en el fondo tenga miedo al ridículo, aunque a mí me guste pensar que soy reservado.

Los pocos amigos que habían soportado, preocupados luego de los primeros cambios, desaparecieron cuando comencé una relación con LuckyVex. Muchos de ellos se encargaron de hacerme saber lo decepcionados que estaban de mí, la tristeza que les provocaba, la ira; no volví a intentar explicarme luego de que un par de ellos me recomendaran un psiquiatra.

De este lado de la pantalla no pasa nada: voy y vengo del trabajo, como a mis horas, miro la televisión, leo, salgo a caminar. No tengo la más mínima razón para quejarme y cuando pienso eso, lloro; me es imposible convencer a nadie de que me han robado mi vida, de que ese de ahí no soy yo sino alguien más que ha convencido al mundo entero de que soy yo.

La última vez que inicié sesión, encontré sobre mi muro un juego de fotografías tomadas en un café en el que LuckyVex y yo solemos pasar la tarde. Me queda un último acto de defensa, un último intento de declarar que aunque todo parece indicarlo, no estoy loco y estoy seguro de que alguien está viviendo mi vida. Además, la está viviendo mejor que yo.

Nunca he sido aventurero, nunca me he arriesgado a nada, he intentado tomar decisiones sensatas siempre, llevar una vida sin accidentes y nunca dar de qué hablar, ni bueno ni malo, porque nunca se sabe dónde irá a parar la opinión de los otros. Él no. Él renunció hace mucho a mi trabajo, vive de una forma que no puedo explicar, es apreciado y querido.

Me es imposible poner en palabras cuánto lo odio. He renunciado también a intentar explicar qué es lo que está pasando. Esto es lo que está pasando: decidí dejar de ser yo, renuncié a mi trabajo, cambié las cortinas de la casa, abandoné mis viejos hábitos, comencé un nuevo negocio, compré una bicicleta, conocí a LuckyVex. No me suicido por lo que hice.

 

EN CUALQUIER MOMENTO, AHORA

 

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La boca pastosa, un cenicero, una letrina. De entre las cortinas gruesas del departamento la luz es suficiente, el celular dice que es la una de la tarde. No puede estar correcto. ¿Y ese aullido afuera?

Viento. Tras la cortina, la luz con un filtro gris y los árboles bailando le recuerdan la alerta del ciclón que justo entraba a la costa del pacífico cuando se recostó ayer, madrugada. Por suerte no vive ahí. Allá destrucción. Aquí una tonelada de nubes.

Martes. No, Jueves. Jueves, porque en la respuesta de Ada a sus mensajes (uno cada veinte minutos durante las nueve horas anteriores, repitiéndole que se sentía mal, que la necesitaba), la etiqueta de tiempo de su mensaje decía:

Miercoles, 17:24.

Lo lamento mucho, anímate. Acá todo excelente. La conferencia fue extraordinaria. El ponente es inteligentísimo y trata el tema de mi tesis; nos propuso a mí y mis compañeras ir a tomar unas copas luego de la cumbre. ¡Estoy muy emocionada!

Abrió el celular y escribió en el chat de Ada, “¡Buenos días!”. Lo pensó mejor, reescribió: “buen día”. Sí, suficiente. Eso, en la calle, había sonado como un choque entre carros. Seguro, porque ahora sonaban un par de alarmas.

Puto mundo, pensó. Se echó la cobija encima, anduvo a la cocina a recambiar el filtro de la cafetera y encenderla. ¿Dónde estaba el gato? ¿y ayer…? Seguro estaba en celo. Puto ponente. Inteligentísimo, también.

Tenía sin ver al gato toda una semana. Eso era demasiado incluso para Neptuno. Había llenado su plato el domingo, antes de acompañar a Ada al aeropuerto. Había pensado, por un momento, que no era suficiente comida. Patético.

Fue a la laptop, taza en mano. El navegador seguía reproduciendo un video musical de los ochenta tras otro, en un ciclo tal vez infinito. Se puso los audífonos. Oh, girls, just wanna have fun. Remierdas.

En la columna de novedades había una sesión en vivo de esa mañana. El mandatario de horrible bronceado asomaba en la vista previa. GLOBAL NESW, decía el bocado. La fuente era la BBC. El dedazo era tan extraño. Clic.

We have big plans for the world, my government and my nation, big plans, yes. Since the beginning of my administration we got in contact with an entity of higher dimensional planes. Oh, boy, the world can’t imagine what it comes. And we will survive it. And for we, i mean us, the good people of North America. Nyarlatothep has accepted our offering of chaos now, he’s a good god, yes. 232 souls of undocumented beaners on sacrifice, plus the souls collected on the war, and counting.

Pause. Nah. Mentira. Edición ingeniosa. Por eso el dedazo. Imposible un error así en BBC. El móvil vibró. Así que ya había terminado el desayuno con el inteligentísimo, pensó y de inmediato se sintió mal sólo pensarlo.

Falsa, sin duda. Qué mal gusto bromear con la guerra a la vuelta de la esquina. Seis millones de vistas al video. La toga púrpura oscuro del mandatario no parecía un truco. Tampoco los hombres de rostro cubierto detrás del hombre.

Más alarmas. Y ahora que lo piensa, sólo sonarían con los carros estacionados. El celular vibró. Sorbo al café. No, aún no. La inteligentísima podía esperar a terminar el café e incluso a que revisara los titulares de las noticias de hoy.

The New York Times: HAIL TO NYARLATOTHEP OUR NEW OVERLODR. El País: A LA GUERRA CONTRA LOS IMPERIALISTAS INTEDRIMENSIONALES -MADURO. Reforma: EPN EN DIÁLOGSO CON NYARLATOTHEP. Reuters: THIS IS THE END, MY LONEYL FRIEDN.

Maullidos. Neptuno lo miraba del otro lado del cristal de la ventana. ¿Cómo había llegado ahí? El móvil vibró. Abrió la ventana. El aire del exterior le dio de golpe. Sirenas. Alarmas. Gritos. Levantó al gato y cerró la ventana.

Pudo escucharlo bien, ahora. El viento no aúlla así. Y así no se mueven las nubes, pensó y se sintió mal sólo pensarlo. No podía ser tan grave, ¿oh sí? alguien encontraría la forma. Neptuno anduvo hacia su plato de comida moviendo la cola.

Toquidos en la puerta. Eran raros. Lentos. Demasiado lentos. No paraban. Uno después del otro. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Como si entendieran apenas la idea de llamar a una puerta. El móvil vibró. El café se había terminado.

Sostuvo el móvil en la palma de la mano por cerca de un minuto. No se atrevió ni siquiera a encender la pantalla. Los toquidos continuaban. El gato le pasó entre las piernas. La sensación fue extraña. Un poco distinta. Apenas un poco.

¿Y qué iba a hacer, si así era?

No había dejado su trabajo diario, ni había estado sobreviviendo de sus ahorros para esto. Él tenía planes. Antes de la ansiedad. Antes de que dejara de bañarse. Antes de que Ada dejara de responder. Antes de todo, de esto.

Sí, planes. Sus planes. Cerró el navegador y abrió el procesador de textos. No cambiarían nada, pero nunca tuvo esperanzas de cambiar nada. Su novela, le había dicho a Ada, era algo que necesitaba ver existir, nada más.

Neptuno saltó al escritorio y se sentó detrás de la pantalla. El animal lo miró con conmiseración. Descendió por los seis capítulos mal escritos que había reunido en el archivo, dio un salto de página.

Puso las manos sobre el teclado y aspiró hondo, muy hondo, hasta que el aire le dolió en las tripas. Que se acabe, en cualquier momento, ahora, pensó, y se sintió muy mal sólo pensarlo. Comenzó a teclear.

 

DATOS SOBRE EL AUTOR:

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José Pérez (1985) Editor de Revista MK. Ha publicado la antología La política del silencio. Cuentos suyos aparecen en Ese hondo suspiro de las sombras y otras antologías.

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