CINCO POEMAS DE JORGE TORRES APOLO (ECUADOR)

Anotaciones de un sobreviviente al solo de guitarra más desgarrador

La sonrisa de la dama de la droga se
convirtió en un rifle que dispara
alucinaciones directo a las sienes
de los hombres que han equivocado
el camino roído de la oruga.
El humo de la pipa se subleva en
mis ojos y se esparce en el
altiplano de la locura amada y consentida.
No ver los carros antes de cruzar la calle
como diría el tono de la voz de Mario Santiago
saliendo de los labios de la vieja de barba blanca que
vive en un botadero de llantas, gallinazos
y ratas con colmillos.
Flores hediondas chorreando petróleo
es el único líquido que queda en
esta tierra desolada por la
cotidianidad de los zombis.

Cuando llego a mi guarida
me esperan ansiosas mis alimañas
que amamanto con mi sangre
y la leche podrida de mis ubres silvestres.
La leña aún yace incandescente,
un poco de mi calor y de mis
pensamientos bastaría para avivarla.
Mirar el fuego me recuerda a John Frusciante,
somos tres en uno en ese momento:
el fuego, John Frusciante y yo.
Espero haberme consumido cuando el último
rastro de candela se haya extinguido
por mi orina,
y el último sonido en la guitarra
de Eddie Hazel
haya desgarrado toda la carne
que me arropa.

La lengua del torrente
brilla como un espejo escarchado,
se enrosca en mi cuello
me vuelve líquido, serpiente, humedad;
la ropa me estorba
desnudo me dejo acariciar por el vacío
sin saber que al llegar al tope de mi caída
rebotaré entre algodones
y entre miles de senos,
que me punzan con sus pezones
solo por morbo y diversión.

Bocanada

Cae la lluvia y su frío hace bullir a todos los seres,
sube el humo y las conciencias son tormentas bramantes de lascivia y algodón.
Efluvios crepitantes colman la copa de los árboles más raros
desde allí vierten su inmenso latir

Ramas temblando en su elevación hacen caer frutos etéreos
del agua emanan
el sumo
el néctar y el polen
así como de la noche
los aullidos
los ojos de la selva
la proliferación de búhos.

Proclama el gallo-perro con su garganta espueleada
lo que parece ser un canto agorero,
lenguajes indescifrables pueblan los arbustos,
un pájaro negro arroja piedrecillas desde su nido,
hay una ciudad que despierta mientras duermo,
las pestañas impalpables de la atmósfera
dan un poco de brisa marina cada vez que parpadean.

Antenas de insecto asomándose por sobre la maleza
palpando el delirio, el desastre, la euritmia,
palpando sus genitales, la matriz de toda su sabiduría

Escucha / La noche

Escucha
-no es necesario que hables-
este silencio entre los dos.
¡Cómo nos toca! ¡Cómo se revuelve!

La noche
-nenúfares negros mis ojos-
enfría mi piel.
Y entonces: tu cuerpo desnudo.

La réplica de los búhos no ha podido hacerme cambiar de opinión

No tengo nada que contarle a la noche y a los gallos;
son solo pensamientos en un parque de diversiones oscuro y abandonado,
los miro y pretenden jugar, pero son sarcásticos.

La ternura ha perdido su candor
tiene los ojos de una persona que mira al suelo
y nunca a los ojos de los demás.
Todo me resulta extraño
o de una melancolía insospechada:
un nombre/un objeto/un sentimiento.
Las personas huyen de mí
pero en realidad hace mucho tiempo que me abandoné,
solo quedan mi semen, las caléndulas
y el humo negro del palo santo enroscándose en mi pelo.

Estos niños que se balancean en la noche,
niños drogados montados en un carrusel de neón
niños de sombreros grandes que sonríen maliciosos:
el perfil de su rostro es aguileño
niños reprimidos que ansían hacer el amor
en bosques chamuscados y pasadizos oscuros,
niños cansados pero que no quieren dormir
niños bloqueados
niños erráticos.

He matado al niño con el hongo floreciendo de su cabeza,
al niño que la única vez que lanza una llamarada
es cuando sonríe como en trance,
al niño de ojos pequeños
al niño cara de bobo
al niño jalea de guayaba.

He matado al niño
alguien me susurraba:
¡Hazlo! ¡No lo pienses más! ¡Mátalo!
Era una voz que no había escuchado antes
pero sé que nace de mí.
He puesto una cruz invertida sobre su tumba
y me he olvidado de él;
pero no los búhos, sus centinelas preciosos,
que me gritan algo que no puedo descifrar
intento escapar, esconderme
pero me alcanzan y me golpean el rostro con sus alas fuertes
me destrozan el cráneo con sus garras
me arrastran en tropel hasta hacerme perder la conciencia.

Con mi cuerpo adolorido recuerdo a los búhos y los amo.
A mi lado yace un pequeño mochuelo
me mira con sus redondos y melifluos ojos
tratando de hacer brotar en mí
el instinto paternal
aunque muy en el fondo sepa
que yo no nací para eso.

Premonición

Un mirlo gris y tuerto,
raudo y zigzagueante vino a posarse
en mis pupilas,
trinó sus incertidumbres
y revoloteó tras las pequeñas voces
de la espesura que lo cortejaba.

Un mirlo cabalístico
cantaba nombres de mujeres y hombres
pero se notaba que su trova era falsa,
hasta que su melancólico gorjeo no dijo ningún nombre
y lo comprendí todo,
y su música era hermosa.


Sobre el autor:

jorge

Jorge Torres Apolo (Ecuador, 1984). Integrante y creador de Ninacuro Colectivo Cartonera de la ciudad de Cuenca, con la cual ha publicado sus poemas en “Gusano de fuego”, primera edición; “Piel en llamas”, tercera edición; “Niños con fósforos”, cuarta edición”; y “Cirugía Inflamable: textos introspectivos del doctor Prometeo”, quinta edición. Integrante y creador de “Mandrágora Colectivo Cartonera de la ciudad de Piñas, en donde ha publicado en todas sus cuatro ediciones. Sus poemas han sido publicados además, en la revista “EstigMás” de la ciudad de Zaruma, Ecuador y revista “Entre paréntesis” de Santiago de Chile, Chile.

 

 

 

 

 

 

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